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Mis palabras favoritas I

Hay tantas palabras que me gustan, tantas tantas, todas cantan, todas brincan; me gustan las letras, las altas, las bajas, forman paisajes, poemas, canciones, cartas, algunas enviadas, otras que esperan en los cajones.

Mis palabras favoritas son tantas que abarcan casi el diccionario, y como no voy a escribir ni a reescribir el diccionario tendré que hacer una selección. Ay, que triste estoy de tener que hacer una selección. Esto implica dejar a muchas, así que primero pondré:

Perdón, perdón por no mencionarte, perdón por olvidarte, perdón por no conocerte…
Tristeza, porque al decirte traes contigo de la mano las
Lágrimas, que se derraman, lágrimas que se contienen, lágrimas que se combinan con la
Lluvia, tan hermosa, tan necesaria, tan agua y tan húmeda

Por hoy, eso es todo, pero seguiré…

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El espejo

Hace unos días me miré al espejo, y claro, esto suelo hacerlo a diario, pero ese día algo pasó, el espejo me regresó la mirada, es decir, mi imagen en el espejo. Bueno, tampoco eso tiene nada de raro, lo raro fue que quien me devolvió la mirada fue mi imagen, pero supe que dentro de esa imagen había alguien que no soy yo. Esto es lo raro, quien escribe esto soy yo, pero ese día supe que era alguien más. Yo ya no soy yo aunque sigo siendo yo. Para complicarlo aún más, cada día que me veo, yo sé que soy yo, pero ya no el yo que era antes y así cada día…

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El cuento del último de los cuentos

Era un caos en Villacuento. Pasó lo que nunca habían sospechado que podía pasar: ¡se habían agotado todos los cuentos! es decir, ya se habían contado todos y los niños estaban incontrolables. No se dormían en las noches, no dejaban de gritar, parecían como cuando comen mucha azúcar y cuando se les trataba de apaciguar con algún cuento, empeoraban cuán más y reclamaban que ese ya se lo sabían. Las ojeras de todos en Villacuento iban en aumento, todos arrastraban los pies y de los peinados de pelos parados ni qué hablar. Ya no podían ni un día más. Así que convocaron a una reunión extraordinaria a la que asistieron las más grandes autoridades del cuento. Alrededor de una mesa fastuosa sentáronse Doña Lechuza, doña Ola de Mar, también estaba el serio de don Lirio y por supuesto don Probiótico y … sí, inesperadamente doña Hormiguita, muy chiquita y modocita.

La plana mayor de Villacuento y ¿por qué no decirlo? del Mundo del Cuento.

Se oyeron estentóreas voces y pronto empezaron a fluir ideas, pero por más que se afanaban, todas ya se parecían a las que por todos los tiempos de venían contando: de duendes, de princesas, de guerreros, de traidores, de héroes…

Muy cerca de la desesperación y casi como un susurro se oyó la casi inaudible voz de la más pequeña de los participantes, doña Hormiga que dijo

-El cuento debe ser simple, tener un nutridor, un personaje divertido; debe contar lo que te ha pasado durante el día, pero adornado, exagerado; debe tener los ojos y las orejas abiertos, debe ser veraz, pero lleno de trucos, a lo mejor debe tener un estafador, un guerrero, debe tener magia, también un destructor para darle punto final, ah, también a un tonto inocentón. En fin, debe tener especialmente a una
hormiguita que en verdad es un

LOBO que se ¡¡¡comerá a todos los presentes!!!

y de un bocado se los comió a todos y así terminó el cuento

¡No, pero ese no puede ser el final!

¿Qué pasó con los cuentos? ¡Ahhhh!

En realidad hormiguita no era un lobo y no se comió a nadie.

y  ¿el cuento?..

Éste es el cuento que a los niños encantó y puso de nuevo el asombro en sus ojitos.

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El ejercicio de la escritora

Cada vez que se disponía a escribir encontraba el pretexto perfecto para no hacerlo y ¡zaz! que hoy, sí, hoy, se le acabaron y pues arrastrando los pies empezó a teclear sin una directriz, sin una idea. En un raptus de: tengo que escribir, sólo porque sí. Las letras fueron apareciendo más rápido que las palabras en su cabeza. Tuvo que amarrarlas con un hilo porque todas se iban por todos lados. Aquí atrapó una A y por allá una B y casi la P vuela como una traviesa paloma. Las letras iban y venían y la escritora empezaba a enloquecer. Se me va la M, parecía que decía. Corriendo y persiguiéndolas logró escribir esto:

Van las letras por todos lados y yo las encuentro para decirte que te quiero.

La Q se portó como todo un caballero directo pero gentil y conjugó bien el verbo querer y la D dicharachera  fue un buen comienzo para decir lo que la Q temía hacer. La T fue el mástil que permitió que él leyera sus sentimientos (los de ella).

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El viaje mágico

Erase que se era un rayo perdido que desconocía su origen. Cayó un día en medio de un prado verde, tan verde, que quedó prendado del color y de aquel espacio tan grande, tan grande. Cuál fue su desconcierto cuando al caer deshizo un pedazo de aquel lugar tan bello. —Yo soy el causante de esta destrucción —Y nomás de pensarlo se entristeció.

—Tengo que averiguar cómo reparar el daño. —Y fue así como comenzó su viaje mágico.

Iba volando como un rayo ( ya que en verdad un rayo era) cuando se topó con un zorrito muy simpático y con unos ojitos que tenían un brillo especial. —¿A dónde vas tan rápido? —oyó que le decían. —Si no ves por dónde vas, ¿que no ves que no llegarás? —Rápido quiero llegar a descubrir quién soy. —Y se pasó de largo.

Rápido, tan rápido iba que casi no ve que en una árbol muy alto y majestuoso sentado estaba un orangután que con una voz imponente a nuestro alocado rayo se dirigió. —¿A dónde vas tan rápido? —oyó que le decían. —Detente a saludar, ¿que no sabes que lo cortés no quita lo valiente? —Es que no tengo tiempo, aunque agradezco la invitación, pero creo que primero tengo que saber quién soy. —Y se pasó de largo.

Y más rápido que un rayo, ah, no, tan rápido como un rayo pronto se topó con una hermosa cebra echada en los pastizales que con una hermosa y cristalina voz se dirigió a nuestro alocado rayo —hey tú, detente un momento a charlar, que las prisas no conducen a nada bueno y sé que mucho obtendrás de lo que y tú y yo platiquemos. Pero el rayo iba tan rápido que escuchó a la cebra casi como música en segundo plano, es decir, como una voz lejana, como entresueños. Y ni siquiera le contestó.

Así que cuando en una misteriosa cueva le pareció ver unos ojos asomarse, sufrió un sobresalto y no le quedó más remedio que ir más despacio. Y atento, muy atento, escuchó que le decían —Para conocerse a sí mismo ¿no crees que hay que detenerse? a lo mejor lo que buscas saber no está tan lejos. La curiosidad asaltó al rayo que casi se detiene, pero pensando que iba a perder el vuelo que llevaba, decidió finalmente no detenerse.

Ya se estaba desesperando y aunque todavía con mucha energía el rayito pensó que no estaba yendo hacia ningún lado y decidió pararse frente a un animal que yacía en el suelo sin moverse. —¿Qué te pasa, por qué no te mueves? ¿Acaso yo te he hecho daño?

Pero por más que le hablaba no se movía ni decía nada. Y nuevamente se entristeció y pensó —Si no puedo ayudarlo tal vez no sabré quién soy. Y ya no sintió prisa y quiso regresar a escuchar lo que los animalitos con los que se había topado tenían que decirle.

Buscó aquellos ojos misterioso en la cueva, pero sólo encontró un cueva profundamente negra. Se acordó de la cebra tan hermosa y presto fue en su busca, pero ya no estaba en donde la había visto. Ni el orangután en el alto árbol. Y de nueva cuenta se entristeció.

Aquel rayito estaba muy confundido y así iba cuando casi choca con una  torre exageradamente alta en medio de aquellos parajes. Una construcción que impedía ver más allá de las propias narices. –¿Cómo haré para ir del otro lado? Creo que ya no podré seguir avanzando y entonces algo muy dentro de él le infundió esperanza. Y decidió no detenerse así fuera lo último que hiciera y contra la torre casi fue a dar cuando para su sorpresa está empezó a desmoronarse como cuando una ola de mar borra con sus aguas los castillos y torres que los niños construyen en las suaves arenas.

Detrás de la torre estaban acurrucaditos un león y una leona muy acaramelados que no se percataron del rayito porque sólo tenían ojos el uno para el otro, pero bastó con que el rayo los viera para que en su corazón se encendiera un calorcito.

—A lo mejor yo soy como ellos. —Pensó y siguiendo su camino se topó con el zorrito, el primer animalito al que había visto y a quien no le había prestado atención. Mucho más calmado fue él quien se dirigió al zorrito. —Disculpa la prisa que llevaba y que impidió que te escuchara. ¿Serías tan amable de decirme quién soy?

El zorrito divertido le sonrió y le dijo —¿acaso no sabes que eres un poderoso rayo, lleno de luz y fuerza? ¿que no viste que al caer has destruido el suelo? ¿No viste que derrumbaste una torre inderrumbable? Vienes del cielo. Voltea a verlo. Al rayito no se le había ocurrido voltear sino hacia abajo. Cuando dirigió su mirada hacia el cielo vio una bola de luz cegadora, era el mismo sol, lo más brillante e iluminador. Se quedó un rato sin pensar y sin palabras y pronto empezó a oscurecerse, pero en el cielo miles de luces brillaron en el firmamento. También un gajo de luz llamó su atención,  era la luna que cantando de le decía —rayito, rayito de mi vida eres producto del sol y del alma mía.

Y a partir de ese día el rayito fue feliz porque supo que era el hijo del amor de nada menos que de el sol y de la luna y que él mismo era un poco sol, un poco luna y mucho mucho un rayo de luz brillante y pura.

 

 

 

 

 

 

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Ojos de linterna

Necesito encontrar a alguien, es de vida o muerte. Mi linterna mágica me va a ayudar, pero no sé a dónde la dejé ¿Qué haré? Mi cabeza va a estallar en mil pedazos. No puedo recordar. Creo que la he perdido y sin ella ¿Cómo podré encontrarlo? El cansancio me está agobiando, mis ojos se quieren cerrar. ¿Y, si me duermo un ratito? El tic tac del reloj me señala que no hay tiempo que perder. Todo depende de mí ahora. Tendré que buscarlo sin mi linterna. Tendré que confiar en mis ojos. Sí, ahora recuerdo, ¡puedo ver en la noche! pueden mis ojos atravesar la negra oscuridad. Mi olfato también es agudo y ágiles mis pasos. Ni un minuto he de perder. Ni uno más. Mi intuición también es sagaz. Algo me dice que si abro la puerta, allí estará. Si salto con toda mi fuerza puedo bajar la manija…

¡Sí, allí está! ¡Lo he salvado!

Salto a sus brazos que me acogen.

─Sabía que te encontraría. ─oigo que me dicen y me pongo a ronronear.─¡Qué bien se siente!─ y dejo que se me cierren los ojos.

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La corbata de moño, el elíxir de frutillas rosadas, las chuletas de cordero y por si fuera poco… una pluma de avestruz

En este cuento aparecerán algunos objetos invaluables que me han sido obsequiados para volverlo inolvidable:

Unas chuletas de cordero (ironías del destino, ya que soy vegetariana de corazón)

Una corbata en forma de moño (anacronía de la vida en donde ya ni calcetines se usan)

Elíxir de frutillas rosadas (con poderes que insuflan felicidad duradera, propia de los cuentos de hadas donde al parecer al final todos viven felices para siempre…)

Una pluma de avestruz (un animal no mítico, pero sí muy tímido que como yo daría cualquier cosa por esconder su cabeza)

Y dice así.

Había una vez un rey cuya hija había sido presa del más grande maleficio que puede sufrir la hija de un rey. Habíase enamorado de un plebeyo, es decir, de un joven que en pocas palabras no tenía ni donde caerse muerto, que es una expresión para alguien que no tiene ni un kopec, ni un quinto, ni un peso, ni una triste moneda.

El rey era muy poderoso pero sobre el corazón de su hija  no tenía ningún poder. Su gran ministro era muy sabio y por eso sabía que no había solución y que solamente el tiempo, un monarca más poderoso que el rey, pondría todo debidamente en su lugar. Pero, mientras, ¿qué puede hacer un ministro al que se le ordena ponga orden en los asuntos del corazón?

Por supuesto, ¡habeis adivinado? El ministro acudió al mago. El mago no era de esos que usa un sombrero y túnica negros, ni que no se corta las uñas o que huele a patas de rana. No, él era un mago muy trendy que usaba corbata en forma de moño, pero en vez de darle un aire misterioso, lo hacía muy odioso en el círculo impenetrable de los magos y en pocas palabras, no gozaba de buena fama, claro, como mago. Más bien era popular en el ámbito de la así llamada high society por su aspecto innovador en el mundo frívolo de la moda, pero ya nos hemos desviado mucho del pobre ministro que al no conocer a otro mago, acudió al que ya ustedes se imaginaron. En la corta entrevista que entablaron, el mago dijo necesitar una pluma de avestruz para escribir el encantamiento y poder así separar con el poder de las palabras escritas a los dos enamorados. Pero para que el hechizo fuera eficaz y sobretodo duradero, ordenó que en la corte todos fueran estrictamente vegetarianos, incluyendo al rey que gozaba en demasía de las chuletas de cordero.

Todos en el reino se pusieron muy enojados. El hecho de verse sometidos a una dieta a base de vegetales provocó un malestar entre la corte y súbditos del rey. El precio del brócoli se puso a la alza y que decir de los corazones de alcachofa. Se hablaba clandestinamente de una sublevación.

El descontento no podía ser mayor. El mismo rey odiaba la sopa de verduras y soñaba en secreto poder comer otra vez sus amadas chuletas de cordero. El guerrero más aguerrido perdió mucho músculo al bajar su insumo proteico. Y a él se le encomendó la noble tarea de traer la codiciada pluma de avestruz. El problema es que además de músculo perdió el interés de demostrar su valentía en una hazaña contra una pobre ave, eso no lo haría ver bien entre los más fornidos. Pero como estaba al servicio del rey no le quedó sino cumplir con su deber (que por cierto ¿no es acaso lo que nos toca a todos?).

Así que se encaminó con google maps a la calle donde habitan las avestruces. LLevando yelmo y escudo y armado con su espada no tardó en dar con el ave que inmediatamente ocultó su cabeza, no fuera que se la cortaran de una vez. Ocurrió que el guerrero sintió por primera vez unas leves cosquillas a la altura de su corazón y este sentimiento desconocido fue subiendo por su garganta hasta llegar a sus pupilas que se dilataron y algo insólito, las cuencas de sus ojos se anegaron de agua, que por cierto eran lágrimas, más él desconocía su significado. Empezaron a fluir gotas de sus ojos, que ya dijimos eran lágrimas, hasta que fueron chorros incontenibles. Mojó la tierra que se reblandeció e hizo que el ave sacara la cabeza, no fuera a ahogarse en el lodazal que se produjo.

Sus miradas se encontraron y el ave perdió el miedo que la acosaba. Se acercó al torpe ser cubierto de metal y dándole un leve cabezazo le indicó que ya no le temía. El guerrero amablemente le pidió le regalara una de sus plumas y aunque el ave no entendía no opuso resistencia cuando éste le arrancó una. Se abrazaron o debemos decir se emplumaron o se alaron, cualesquiera de estas tres, el caso es que se despidieron cual mejores amigos.

La pluma le fue entregada al mago quien escribió un encantamiento que debía durar mientras la dieta de todos siguiera siendo estrictamente vegetariana.

El rey fue el primero en sucumbir y a hurtadillas pellizcó un ínfimo pedazo de un corderito vivo soñando que eran sus amadas chuletas. Pero como se lo tragó, en ese mismísimo instante el amor volvió a surgir entre los amantes y más tórrido aún. Pronto se corrió el rumor de que el rey había sido vencido por el amor, la fuerza más poderosa que existe en este planeta. Muchos siguieron siendo vegetarianos al notar las bondades de esta verde dieta y algunos pocos regresaron a su hábitos de comer animalitos. El guerrero se volvió vegano y el mago puso un criadero de avestruces. La avestruz siguió siendo vegana, que es una dieta en la que no se puede comer nada de origen animal, incluyendo lácteos y huevos.

Ah, y ya sé que la curiosidad es grande cuando se trata del amor. Sí, la princesa se casó con su amado; la boda fue suntuosa y brindaron con un elixir de frutillas rosadas, cortesía del mago de corbata de moño, que tenía el efecto de producir felicidad duradera. Cuando el rey pasó a mejor vida y el muchacho  fue coronado resultó un gobernante justo, amable, sabio y por sobre todas las cosas, promotor del vegetarianismo, dieta que instituyóse desde entonces hasta el confín más lejano de este mundo.